Los inicios
Allá por el siglo XI cierto estudiante o predicador anotó, en los márgenes de un texto latino, el primer testimonio escrito en romance castellano que ha llegado hasta nosotros. Son las famosas “Glosas Emilianenses” del monasterio de San Millán de la Cogolla, la cuna de un idioma con el que se comunican en la actualidad más de quinientos millones de personas. Es aquí donde comienza este viaje, en San Millán de la Cogolla, en La Rioja. Es donde encontramos los monasterios de Yuso y Suso, el lugar en el que aparecieron las célebres “Glosas Emilianenses”. A estos primeros balbuceos del castellano le siguieron las “Glosas Silenses”, que se registraron a unos 110 km, en el monasterio de Santo Domingo de Silos, en la provincia de Burgos.
La expansión
Luego serían las universidades de Valladolid y Salamanca las que contribuyeron a la expansión del castellano. La publicación de la Gramática Castellana de Antonio de Nebrija o la intensa vida cultural que desarrollaron estas ciudades universitarias las convirtieron en importantes focos culturales. Al tiempo, la capacidad de pensar e imaginar quedaba patente en grandes novelas como El Lazarillo de Tormes y La Celestina. También en las obras de figuras como Santa Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, cuyos escritos desde los conventos y monasterios de Ávila los convirtieron en los principales autores de la literatura mística.
La cumbre
Finalmente, el castellano alcanzará su cima en Alcalá de Henares, el lugar donde nació Miguel de Cervantes, el autor de El Quijote. El espíritu del genial escritor está presente en cada uno de los rincones de la ciudad, en sus plazas, en sus teatros, en sus monumentos, en su agenda cultural…